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Imperfectos y orgullosos: la España que cambió el filtro por la carcajada

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Imperfectos y orgullosos: la España que cambió el filtro por la carcajada

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que la aspiración máxima de cualquier publicación en redes era parecer sacada de una revista de lujo. Luz perfecta, mesa de desayuno simétrica, sonrisa calculada. Todo tenía que comunicar una vida que, en realidad, casi nadie vivía. Pero algo ha cambiado. Y lo ha cambiado de verdad.

En los últimos dos años, España ha protagonizado un giro cultural que va mucho más allá de una tendencia estética pasajera. La obsesión por la perfección visual está cediendo terreno a algo que, en el fondo, siempre ha sido parte del ADN de este país: el buen rollo. Esa energía desordenada, calurosa y sin pretensiones que hace que una tarde con amigos valga más que cualquier sesión de fotos.

Cuando el imperfecto se vuelve aspiracional

La paradoja es fascinante. Durante años, las redes sociales nos vendieron la perfección como el único estándar válido. Ahora, son esas mismas plataformas las que están amplificando todo lo contrario. Los contenidos que más conectan en España ya no son los que muestran vidas imposibles, sino los que se atreven a mostrar lo que hay detrás: la cocina desordenada, la risa a destiempo, el plan que salió regular pero que estuvo genial.

Cuentas con miles de seguidores están ganando tracción precisamente por su desvergüenza estética. Una foto movida en una terraza de barrio genera más comentarios que un flat lay estudiado durante horas. ¿Por qué? Porque la gente ya no quiere admirar, quiere reconocerse.

Este cambio no es solo sentimental. Es una respuesta directa al agotamiento que ha generado años de consumir contenido hiperproducido. Los españoles, especialmente los menores de 35, están desarrollando lo que podríamos llamar una alergia al artificio: una sensibilidad cada vez más afinada para detectar cuando algo es real y cuando es teatro.

Las marcas que lo entendieron antes

Algunas marcas españolas captaron esta señal antes que nadie. Hay ejemplos notables en el sector de la moda, la alimentación y el ocio que han apostado por comunicaciones más toscas, más humanas, incluso más torpes visualmente, y han cosechado una fidelidad que sus competidoras más pulidas no han conseguido.

Cerveceras artesanales del País Vasco que publican fotos de sus trabajadores con las manos sucias. Pequeñas marcas de ropa de Barcelona que muestran a sus diseñadoras discutiendo sobre telas en un piso compartido. Restaurantes de Madrid que suben stories sin editar de sus cocineros improvisando antes del servicio. El denominador común no es la calidad visual, sino la temperatura emocional: se siente real porque lo es.

Esta tendencia tiene un nombre en el mundo del marketing anglosajón —lo-fi branding— pero en España tiene una traducción mucho más local y más honesta: simplemente, tener buen rollo. Y el buen rollo, como cualquier español sabe, no se puede fabricar. Se tiene o no se tiene.

Los influencers que se quitaron el filtro

El fenómeno también está reconfigurando el mundo de los creadores de contenido. Perfiles que antes dedicaban horas a la edición y a la planificación de sus feeds están experimentando con formatos más espontáneos, y los resultados les están sorprendiendo.

No se trata de publicar cualquier cosa sin cuidado. Es una distinción importante. La autenticidad no es sinónimo de dejadez. Lo que está ocurriendo es más sofisticado: hay creadores que están invirtiendo la misma energía que antes dedicaban a la estética en la honestidad emocional. En encontrar el ángulo verdadero de una historia. En compartir la duda, el tropiezo, el momento raro.

Una creadora de contenido de Sevilla lo explicaba hace poco en una entrevista de manera muy gráfica: «Antes tardaba tres horas en hacer una publicación que no le importaba a nadie. Ahora tardo veinte minutos en hacer algo que le importa a mucha gente. La diferencia es que ahora me importa a mí primero». Esa frase resume bastante bien lo que está pasando.

El buen rollo como filosofía de vida

Pero el cambio va más allá de las pantallas. En la vida cotidiana española también se percibe una cierta rebelión contra la optimización compulsiva. La gente está volviendo a valorar los planes improvisados, las conversaciones que no llevan a ningún sitio concreto, los fines de semana sin agenda cargada de actividades instagrameables.

Hay algo profundamente mediterráneo en todo esto. La cultura del sobremesa, del paseo sin rumbo, del café que se alarga dos horas porque nadie tiene prisa real —o al menos nadie quiere tenerla— nunca desapareció del todo. Simplemente se había visto eclipsada por unos años de culto a la productividad y al postureo digital.

Ahora ese sustrato cultural está volviendo a la superficie. Y lo hace con una fuerza particular porque contrasta con el cansancio acumulado de una sociedad que estuvo demasiado tiempo intentando parecer perfecta.

¿Es esto sostenible o solo otra tendencia?

La pregunta legítima es si estamos ante un cambio genuino o simplemente ante una nueva estética de la imperfección que, en el fondo, es tan calculada como la anterior. Es un riesgo real. Ya hay marcas que están «fingiendo» el desorden con la misma frialdad con que antes fingían la perfección.

Pero hay indicadores que sugieren que algo más profundo está ocurriendo. Las conversaciones en torno a la salud mental, el rechazo al burnout y la revalorización del tiempo libre no son modas pasajeras. Son síntomas de un reajuste de valores que está afectando a cómo los españoles se relacionan consigo mismos y con los demás.

Y en ese contexto, el buen rollo no es solo una estética. Es una postura ética. Una declaración de que la vida no es un proyecto de comunicación. Que la mejor foto es la que no necesitas hacer porque estás demasiado ocupado disfrutando del momento.

España, en definitiva, está aprendiendo algo que siempre supo pero que estuvo a punto de olvidar: que la alegría real no tiene filtro, y que eso, lejos de ser un defecto, es exactamente su gracia.

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