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La revolución del aburrimiento: por qué no hacer nada es lo más sano que puedes hacer ahora mismo

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La revolución del aburrimiento: por qué no hacer nada es lo más sano que puedes hacer ahora mismo

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Hay una escena que muchos reconocerán: estás esperando el autobús y, antes de que pase ni un segundo, ya tienes el móvil en la mano. No para llamar a nadie. No porque tengas nada urgente que mirar. Simplemente porque el silencio y la quietud se han vuelto incómodos. Casi insoportables.

Eso dice mucho de la época en la que vivimos. Y también dice mucho de lo que estamos perdiendo.

El miedo moderno a no hacer nada

Vivimos en un momento en que la estimulación constante se ha convertido en el estado por defecto. Notificaciones, reels, podcasts, listas de reproducción. Siempre algo sonando, siempre algo parpadeando. La industria tecnológica lleva años perfeccionando el arte de capturar nuestra atención y, de paso, nos ha convencido de que el aburrimiento es el enemigo.

Pero cada vez más psicólogos, terapeutas y personas corrientes en España están llegando a la misma conclusión: el problema no es el aburrimiento. El problema es que hemos olvidado cómo tolerarlo.

María, 34 años, diseñadora gráfica en Valencia, lo explica así: "Empecé a notar que necesitaba ruido de fondo para todo. Para trabajar, para comer, para ducharme. El día que intenté sentarme en silencio diez minutos, me entró una angustia que no sabía ni de dónde venía. Ahí me di cuenta de que algo no iba bien."

El aburrimiento como práctica terapéutica

Lo que María describe tiene nombre en la psicología contemporánea: intolerancia a la incertidumbre y a la falta de estimulación. Y los expertos llevan tiempo advirtiendo que esta incapacidad de estar con uno mismo sin entretenimiento externo está alimentando los niveles de ansiedad que registramos en España, especialmente entre los menores de 40 años.

Según el Observatorio de Salud Mental de España, más del 26% de la población española presenta síntomas de ansiedad de forma habitual. Las causas son múltiples, pero la hiperconectividad aparece como un factor recurrente en los últimos estudios.

La respuesta que proponen algunos profesionales de la salud mental no es, paradójicamente, más meditación guiada ni más apps de mindfulness. Es algo mucho más sencillo y, a la vez, más radical: aburrirse a propósito.

"Cuando dejamos que la mente divague sin objetivo, activamos la red neuronal por defecto", explica la psicóloga clínica Elena Fuentes desde su consulta en Madrid. "Es el estado en el que el cerebro procesa emociones, consolida recuerdos y genera ideas. Si siempre lo interrumpimos con estímulos externos, nunca le damos ese espacio de recuperación."

Las actividades 'aburridas' que están marcando la diferencia

El movimiento no tiene un nombre oficial ni un hashtag viral —algo que, en cierta manera, lo hace más auténtico. Se trata simplemente de españoles que están recuperando actividades que la cultura de la productividad había etiquetado como pérdidas de tiempo.

Caminar sin destino ni auriculares. No el running con playlist motivacional. Caminar. A paso normal. Sin podcasts. Sin música. Solo el ruido de la calle y los propios pensamientos. En ciudades como Barcelona, Sevilla o Bilbao, grupos espontáneos de personas organizan paseos lentos por los barrios, sin guía y sin propósito concreto.

Cocinar sin seguir recetas. No el cooking show ni el reto culinario de Instagram. Abrir la nevera, ver lo que hay y dejar que las manos hagan algo mientras la cabeza descansa. El proceso manual y repetitivo —picar, remover, esperar— tiene un efecto casi meditativo que muchos están redescubriendo.

Leer sin métricas. No el club de lectura con reseña obligatoria. Leer lo que apetece, a la velocidad que salga, sin el contador de páginas ni el objetivo de acabar el libro antes de fin de mes.

Mirar por la ventana. Suena absurdo escribirlo. Y sin embargo, es exactamente eso: simplemente mirar. El cielo, la calle, la lluvia. Sin fotografiarlo, sin hacer un vídeo para stories. Solo estar.

Por qué esto no es pereza disfrazada

Uno de los obstáculos más grandes para abrazar el aburrimiento es cultural. En España, como en buena parte del mundo occidental, existe una glorificación del estar ocupado. Decir "estoy muy liado" sigue siendo, en muchos círculos, sinónimo de éxito y relevancia.

Pero esa narrativa está empezando a resquebrajarse. La pandemia, curiosamente, aceleró una conversación que llevaba años gestándose en los márgenes: ¿para qué tanto movimiento si al final no sabemos ni dónde vamos?

Lo que el aburrimiento ofrece no es pasividad. Es espacio. Espacio para que emerja lo que realmente sientes, lo que realmente quieres, lo que realmente te importa. Ese tipo de claridad no llega con el scroll infinito. Llega en los momentos que antes llamábamos muertos y que ahora, poco a poco, empezamos a llamar necesarios.

El reto de empezar

Si llevas años llenando cada hueco con contenido, el silencio puede resultar casi agresivo al principio. Es normal. Los primeros intentos suelen venir acompañados de inquietud, de la sensación de que deberías estar haciendo algo más útil.

La clave, según quienes ya llevan un tiempo en esto, es empezar en pequeño. Cinco minutos sin pantalla mientras tomas el café de la mañana. Un trayecto en metro sin auriculares. Una tarde sin plan concreto.

No se trata de alcanzar ningún estado de iluminación. Se trata, simplemente, de recordar que eres capaz de estar contigo mismo. Y de descubrir que, en ese espacio aparentemente vacío, hay más de lo que imaginabas.

Quizás el lujo más auténtico del siglo XXI no sea tener más. Sea tener menos que hacer y más tiempo para simplemente ser.

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