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Crear para el algoritmo o crear para ti: el dilema que está vaciando la creatividad española

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Hay una conversación que se repite en casi todos los grupos de WhatsApp de creadores de contenido en España. Alguien comparte un vídeo o un artículo en el que ha puesto el alma, y la respuesta llega en forma de pregunta: «¿Y qué tal ha funcionado?». No qué les ha parecido. No si les ha emocionado. Si ha funcionado. Como si el único termómetro válido para medir el valor de algo fuera el contador de reproducciones.

Eso, en esencia, es el síndrome del que nadie habla abiertamente pero que está afectando a una generación entera de creadores: la rendición progresiva de la brújula propia a favor de la brújula de la plataforma.

Cuando el algoritmo empieza a escribir por ti

Los algoritmos de TikTok, Instagram o YouTube no son neutrales. Tienen preferencias claras: ciertos formatos, ciertos ritmos, ciertos ganchos en los primeros tres segundos. Y cuando un creador descubre que un tipo de contenido específico le da alcance, el instinto natural es repetirlo. Una vez. Diez veces. Cien.

El problema no es adaptarse al medio —eso siempre ha existido, desde los folletines del siglo XIX hasta los programas de prime time—. El problema es cuando la adaptación se convierte en sustitución. Cuando ya no recuerdas qué querías contar antes de que el algoritmo te dijera lo que debías contar.

Muchos creadores españoles con comunidades medianas o grandes reconocen, en privado, que llevan meses publicando contenido que no les representa del todo. «Sé exactamente qué tipo de vídeo me va a dar visualizaciones esta semana», decía hace poco una creadora de Madrid en un podcast de nicho. «Y sé que no es el vídeo que me apetece hacer».

Esa fractura entre lo que se quiere decir y lo que se acaba publicando es exactamente donde empieza el problema.

La paradoja del alcance vacío

Aquí viene la ironía más cruel de todo esto: cuanto más te ajustas al algoritmo, más alcance consigues. Pero cuanto más alcance consigues con contenido diseñado para el algoritmo, menos conectas de verdad con tu audiencia.

Los datos de engagement en España lo reflejan claramente. Las cuentas que publican contenido muy optimizado para tendencias suelen tener métricas de alcance altas, pero tasas de conversión, fidelidad y comentarios significativos notablemente bajas. La gente pasa, consume y se va. No se queda. No vuelve por ti; vuelve por el siguiente vídeo que le recomiende la plataforma.

Esto genera una audiencia que en realidad no es tuya. Es prestada. Y eso tiene consecuencias reales: cuando decides hacer algo diferente, cuando quieres hablar de algo que te importa de verdad, esa audiencia no te sigue. Porque nunca te eligió a ti. Eligió el formato.

El coste humano de publicar en modo piloto automático

Más allá de las métricas, hay algo que pocas veces se menciona: el agotamiento creativo que genera vivir pendiente del algoritmo. No es solo una cuestión de burnout —que también—, sino de una especie de anestesia narrativa. Cuando llevas mucho tiempo filtrando cada idea por el tamiz de «¿funcionará esto?», el músculo de la creatividad genuina empieza a atrofiarse.

Creadores que antes tenían una voz muy reconocible, una forma particular de ver las cosas, empiezan a sonar como versiones intercambiables de cualquier otro perfil de su nicho. El contenido se vuelve técnicamente correcto y humanamente vacío.

En España, donde tenemos una tradición cultural riquísima en materia de narración, humor, ironía y crítica social —del esperpento de Valle-Inclán a los monólogos de La Resistencia—, esto resulta especialmente llamativo. Hay un talento enorme que se está diluyendo en formatos de treinta segundos diseñados para no incomodar a nadie.

Entonces, ¿qué se puede hacer?

La respuesta fácil sería decir «ignora el algoritmo y haz lo que quieras». Pero eso no es realista ni honesto. Vivimos en un ecosistema digital y la visibilidad importa, especialmente si de ello depende tu sustento.

Lo que sí es posible es establecer una jerarquía clara entre lo que controlas y lo que no.

Define tu línea editorial antes de abrir la app. Antes de mirar qué está en tendencia, escribe en papel (o en notas, o donde sea) qué quieres comunicar esta semana. No qué formato vas a usar, sino qué idea, qué perspectiva, qué historia. Eso es tuyo. El formato puede negociarse con la plataforma; el fondo, no.

Crea contenido ancla fuera de las redes. Un newsletter, un podcast, un blog. Algo donde el algoritmo no mande. Ese espacio es tu voz en estado puro, y también es el mejor seguro de vida ante cualquier cambio de plataforma. En España hay una generación de newsletters en castellano que está creciendo precisamente por esto: gente que quiere leer sin que nadie le diga qué leer a continuación.

Mide lo que importa, no solo lo que brilla. Las visualizaciones son una métrica de vanidad si no van acompañadas de respuestas reales. Aprende a valorar los mensajes directos, los comentarios largos, las recomendaciones boca a boca. Eso es audiencia real. Eso es lo que construye algo duradero.

Permite que algunas publicaciones fallen. Suena contraintuitivo, pero es fundamental. Si cada pieza de contenido tiene que funcionar, nunca vas a arriesgarte a decir algo verdadero. Y lo verdadero, aunque llegue a menos gente, llega de una forma completamente diferente.

Recuperar la brújula sin desconectarse

El objetivo no es una cruzada romántica contra la tecnología ni una renuncia a la visibilidad. Es algo más matizado y más difícil: aprender a usar las plataformas sin que las plataformas te usen a ti.

Los creadores españoles que están logrando esto —y los hay, aunque no siempre son los más visibles— comparten algo en común: tienen clarísimo para qué están ahí. No para viralizarse, sino para decir algo concreto a alguien concreto. El algoritmo puede amplificar eso o no. Pero la conversación, en cualquier caso, tiene sentido.

En un momento en que el contenido se está convirtiendo en una commodity global, la voz propia —con acento, con contradicciones, con perspectiva— es lo más escaso y lo más valioso. Y eso no te lo da ningún algoritmo. Eso lo traes tú.

La pregunta que quizás vale la pena hacerse esta semana no es «¿qué debería publicar para que funcione?». La pregunta es: «¿qué tengo que decir que no puedo dejar de decir?». Ahí es donde empieza lo interesante.

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